12/10/09

DUBLÍN, DÍA 3 (04/03/2007)

Guiness Taste: I need one more...


Y llueve. Mucho. Dublín nos dió un día de tregua, pero la lluvia en el frío norte de Europa es complicada de evitar en marzo. Aún así, y deseosos de conocer más la capital de Irlanda[1], salimos a la calle pertrechados con nuestro paraguas[2] y nos dirigimos hacia St Stephen’s Green, un parque en medio de la ciudad. En el camino, además de calarnos hasta los huesos, pudimos ver...

Trinity College, sede de la Universidad de Dublín. La lluvia y el domingo explican lo apagado del ambiente universitario. Para compensar, llenamos su entrada con nuestro desbordante glamour.

La generosa escultura de Molly Malone.

La cantidad de tiendas que se agolpan en Grafton Street, calle peatonal y de compras[3] por excelencia del centro de Dublín. Lástima del clima, seguro que esta calle está siempre llena de vida y consumidores.
¡Gracias por el aviso!
Cuando llegamos finalmente a St. Stephen’s Green nos refugiamos en el famoso centro comercial anexo al parque: necesitabamos secarnos, tomar algo caliente y esperar a que escampara. Así lo hicimos y, un par de horas después, salimos de nuevo a la intemperie con fuerzas renovadas. La lluvia era ligera, así que realizamos una pasada por St. Stephen’s Green, su arco (abajo), su lago (más abajo) y sus patos (aún más abajo).



Nuestro experto opina que el pato, al no poder entrar en los pubs de la zona, se dedica a darse cabezazos contra el agua.

Nuestra siguiente objetivo era Merrion Street, donde se agolpan los museos más importantes de Dublín. En el camino descubrimos la tercerca manía de los dublineses: pintan las puertas de las casa de diferentes colores. Este hecho, a primera vista desconcertante, esconde una maravillosa razón de ser: es sábado por la noche y los tajados dublineses se disponen a volver a casa. El cuerpo, en piloto automático, es capaz de llevarles hasta su calle sin el más mínimo problema pero... ¿cuál es mi casa? ¡Fácil! Sólo tienes que recordar el color de tu puerta, algo mucho más sencillo que un número ya que la memoria humana es visual. Además, una difuminada puerta de color definido es mucho más fácil de identificar que un condenado y minúsculo número (sobre todo en el estado de embriaguez de nuestros amigos dublineses).

“Vivo en el amarillo de Merrion Street ¡dame otra pinta!”

Una vez en Merrion Street tuvimos tiempo de entrar en dos museos: el Natural History Museum y la National Gallery of Ireland (gratuito). El primero está ahora mismo cerrado por obras y en él se agopan miles de animales (destacar sobre todo la sección de insectos y de animales marinos). El segundo, está dedicado a grandes maestros de la pintura, desde el siglo XIV hasta nuestros días. Al ser un museo de tamaño moderado, puede verse totalmente sin acabar corriendo. 

Entrada de la National Gallery of Ireland. Mención especial del jurado al florido árbol que aguanta como un campeón el benigno clima de Dublín.


El regreso al hotel, por la rivera del río Liffey, da por concluido el contenido cultural del viaje y nos permite responder a la pregunta ¿fue provechoso el Dublin Pass? En nuestro caso, por desgracia, no ahorramos nada (eso sí, tampoco perdimos) por culpa de los horarios: los museos y muchas atracciones cierran pronto todos los días y abren tarde los domingos. Mi consejo: si visitas Dublín entre semana echadle un vistazo al Dublín Pass, si lo haces durante el fin de semana no te lo plantees.

Atardecer en Dublín a la orilla del río Liffey. La silueta de la Custom House, de la Spire of Dublin y de un edificio de oficinas (suspiro) recortan el horizonte.

Al caer el Sol los destinos de los integrandes del grupo se separaron: Valeria y David prefirieron tener un rato de relajación en el cine de la calle O’Connell, mientras que yo, hambriento a la par que sediento, enfilé hacia Temple Bar. Disfruté de una pinta en el propio Temple Bar, el cual estaba repleto de españoles viendo un partido de la Liga[4].

Temple Bar, ese típico pub irlandes relleno de españoles en salsa de Guinnes.

Para cenar me desplacé a otro típico pub irlandes: The Porterhouse. Este pub, además de tener cuatro pisos y un ambiente increible, produce sus propias cervezas: no esperéis encontrar Guinness en sus grifos. A cambio, la cerveza negra que nos ofrecen es Plain Porter. Los platos, por desgracia, son un poco más caros que en otros sitios, unos 12 €. Beer-consejo: para resolver cualquier duda sobre un local en Dublín, nada mejor que visitar este enlace.
La película estaba a punto de terminar, así que dejé mi sitio junto a la barra y me dirigí al punto de encuentro[5]. Y fue aquí cuando descubrí que los dublineses tienen una cuarta manía, aunque aún no tengo claro si es que...

a) Les encanta dormirla de pie en la calle.
b) Tienen predilección por beber por los pies cuando cae el Sol.
Las últimas pintas en Dublín nos las tomamos en O’Neills, justo en frente del hotel. Beer-consejo: pedid dos o más pintas por persona antes de las 23:00 (D) / 23:30 (L-J) / 00:30 (V y S). Los locales cierran media hora/una hora más tarde, pero las barras a esas horas dejan de servir cerveza.

¡Quiero una Guinness más!
¡Ya sé! ¡Robémosle la suya a Kelly!

Al día siguiente, madrugón mediante, regresamos a Tenerife sin contratiempos y con la lección bien aprendida:

Sláinte!!!


Día 2 (03/03/07)DUBLÍN

[1] Traducción: haciendo tiempo hasta que los pubs abrieran y así evitar que lo nuestro se considere un problema.

[2] Mucha otra gente tuvo la misma idea pero no tan buena suerte: a lo largo del día vimos más de una decena de destrozados paraguas esparcidos por las calles de Dublín.

[3] En esta ocasión reconoceréis la mayoría de las tiendas, no como en la exclusiva Henry Street. Y sí, hay un Starbucks.

[4] Esto confirma, más allá de cualquier duda, que somos una plaga. Pero eh, de las buenas.

[5] Seguro que vosotros, mis fieles lectores, ya sabéis que me estoy refiriendo al Spire of Dublin.

11/10/09

DUBLÍN, DÍA 2 (03/03/2007)

Guiness Taste: So Nice.


Empieza el día en Dublín. Y nos ponemos en marcha, como no puede ser de otra forma, desde el Spire of Dublin (la Aguja de Dublín), en la calle O’Connell: un pilar de 3 metros de base, 120 de altura y 15 cm de diámetro en su parte superior. Puede que sea la escultura más grande del mundo, pero yo no alardearía mucho de diseño, la verdad.

El sitio de reunión preferido de los dublineses[1], frente a la General Post Office.

Paseando O’Connell arriba, O’Connell abajo, disfrutamos de los madrugadores irlandeses, todos ataviados con sus mejores ropas de entretiempo invernal, de la segunda manía de los dublineses[2], y de monumentos como...

“¡La fantástica Abbey Presbyterian Church, con sus 150 años de historia!”
“¡Y no sólo eso compañero! Además al lado está el Dublin Writer’s Museum...¡qué más se puede pedir a la vida!”

“¡Increible pero cierto! ¡Es la estatua de Charles Stewart Parnell, ese revoltoso y agitador fundador del IPP (Irish Parliamentary Party o partido nacionalista irlandes)!”

“La verdad es que sí que es increible querido amigo...”

“... ¡pero aún más extraordinaria es la estatua de Daniel O’Connell, quien defendió a los católicos irlandeses en los estamentos parlamentarios[3]!”

“Ese porte macizo y el dar el nombre a esta calle me dejan con el culo partido, añorado compadre ¡insuperable!”
¡Guau! Sin duda la calle O’Connell está llena de emociones fuertes. Pero nosotros queríamos más, así que nos dirigimos al este por Henry Street y su prolongación, Mary Street. En estas calles se aglutinan los comercios más exclusivos de la zona centro, al menos hasta que llegamos a la intersección con Capel Street: el paisaje cambia totalmente y entramos en el barrio obrero, el cual no dejaríamos hasta bien entrada la tarde.

Se respira un estilo refinado a las puertas de Arnotts, una de las tiendas clásicas de Dublín. Sin duda alguna me siento mucho más cómodo con una pinta en la mano que con una copa de champagne ¿por qué no nos acercamos a la destilería de whiskey?


Por desgracia la antigua destilería de Jameson estaba cerrada por reformas, así que tan sólo pudimos subir a la Chimney Viewing Tower (5 € adultos, 3.5 € estudiantes, gratis con el Dublin Pass). Esta antigua chimenea de la destilería tiene 60 metros de altura y permite una panorámica completa de Dublín: es la ventaja de ser una ciudad totalmente plana[4].

Tras disfrutar de las vistas y de enterarnos de la locura que se desata en la capital cuando se juega un partido del 6 Naciones (¿qué mejor excusa que el rugby para liarla parda?), aprovechamos para comer en uno de los restaurante de la zona.

Después de la ingesta de proteinas dimos una vuelta por el Phoenix Park, el parque urbano más grande de Europa (712 hectáreas[5]) y donde no faltan los humedales (arriba) y los símbolos fálicos (abajo). Yo, por si acaso, toco madera mientras juego con mi melocotonero[6].


Y llegó el momento de la verdad. Ayer tuvimos nuestro primer gran encuentro con Guinness, esa cerveza tostada de sabor amargo que, extrañamente, empezabamos a echar de menos. Esa sensación, ahora tan común, de “me apetece una Guinness”, nos guió irremediablemente al Guinness Storehouse, el centro neurálgico de esta cerveza.



Start == la entrada cuesta 15 € y está incluida en el Dublin Pass. Además nos libramos de hacer parte de la cola, la cual no era poca[7] == el recinto tiene siete pisos: hasta el quinto se nos cuenta cómo es la producción la cerveza Guinness, nos recuerdan la historia de la cervecera desde su fundación por Arthur Guinness[8] en 1759, nos hablan sobre el Libro Guinness de los Records (ideado en 1951 por Hugh Beaver, director de la cervecera en aquel entonces) o se hace un repaso de los anuncios emblemáticos de la firma == en el sexto piso hay un bar. Podéis pasar de largo tranquilamente por este piso == y, finalmente, llegamos al Gravity Bar del séptimo piso. Aquí debemos armarnos de paciencia para pedir nuestra ansiada y gratuita Guinness y no abandonarla hasta que encontremos sitio: todo el mundo acaba aquí, así que siempre está hasta arriba de visitantes en busca del oro negro. Las panorámicas vistas, a 45 metros de altura, hacen de esta pinta algo especial, sobre todo en un día soleado como el nuestro == Game Over == Insert Pint



Ahora nos encontrábamos ante un gran problema: ¡necesitabamos más! Así pues, nos dirigimos con paso firme a la zona de Temple Bar. Pero antes de volver a refrescar nuestro gaznate con otra Guinness, visitamos dos de los emblemas religiosos de Dublín.


Christ Church Cathedral (también conocida como la Catedral del Espíritu Santo; adultos 6 €, estudiantes 3 €, gratis con el Dublin Pass). Fundada en el 1030, en su interior podemos encontrar vestigios celtas, una cripta, el coro de turno y cantidad de estatuas dedicadas a personalidades de la ciudad (para mí signo evidente de peloteo a aquellos que han aportado un dinerillo para el mantenimiento del edificio y del nivel de vida episcopal).


St. Patricks Cathedral (5.5 € adultos, 4.5 € estudiantes, gratis con el Dublin Pass), por desgracia en obras y ya cerrada cuando llegamos a sus puertas. Esta catedral data de 1191 y está consagrada a San Patricio. Se considera que este misionero, cuyo nombre de nacimiento era Maewyn, introdujo el cristianismo en Irlanda en el siglo V [ejemplo de dato a olvidar]. Además, todos los 17 de marzo se celebra el Día de San Patricio: desfiles, cerveza, exaltación y cánticos [ejemplo de dato imprescisdible]. También se le debe a San Patricio el símbolo oficioso de Irlanda: el trébol de tres hojas (shamrock) [ejemplo de dato para obtener quesitos del trivial].

Foto dedicada a todos aquellos dublineses que alguna vez se preguntaron ¿dónde está la parada de autobuses más cercana a St. Patricks?
Y, ahora sí, llegamos a Temple Bar, la zona clásica entre las clásicas para salir por Dublín. ¡Menos mal, porque los ánimos estaban ya caldeados!

¡Quiero una Guinness!

Cenamos en The Mezz, un local con música en directo, menú típico irlandés y Guinness bien fría. El precio, como siempre, de unos 10 € bebida aparte. Tras alguna consumición más aprendimos cosas tan valiosas como a tirar la pinta perfecta o que “¡Salud!” en gaélico se dice “Sláinte![9]. Más pronto que tarde volvimos al hotel, ya que la jornada había sido intensa y estabamos muy cansados. Veremos si mañana el día sale tan despejado como hoy...


Día 1 (02/03/07)DUBLÍNDía 3 (04/03/07)

[1] Para los de la capital de España: El Oso y el Madroño de la capital irlandesa.

[2] Los dublineses pasan del color rojo: sólo así se explica que los peatones siempre se salten los semáforos, haciendo caso omiso del quieto muñeco rojo, y que el verde sea el color de Irlanda.

[3] Como si una turba de católicos irlandeses, pinta en mano y varias en sangre, no supieran defenderse solos.

[4] Aunque la vista es un sentido a tener en cuenta, la falta de desniveles en Dublín fue mucho más celebrada por nuestros pies al final del día, tras 11 km de caminata.

[5] También 924 Bernabeus, 982 Riazores o 1017 San Mameses. Bastante grande, vamos.

[6] Fans de los Simpson, tenéis 10 segundos para decirme el capítulo y el personaje al que he homenajeado. Y no os perdáis otros homenajes, sin duda mucho más inspirados que el mio.

[7] Estamos ante la atracción más visitada de Dublín por delante de museos o catedrales. Esto, más que un dato a favor del Guinness Storehause, lo es de nuestra desmedida pasión por la cerveza.

[8] Aquí tenéis la primera biografía oficial de Arthur, escrita por ¡Patrick Guinness! ¿homenaje sentido a su admirado y famoso antepasado o intento de explotar un poquito más el apellido de su famoso antepasado?

[9] Yo no sé mucho de filología gaélica y seguro que se escribe así, pero la palabra en cuestión suena a SLONYA. Supongo que este dato os será más útil que la grafía correcta.

10/10/09

SEGOVIA, DÍA 3 (15/05/09)


Como mirar a Segovia por encima del hombro sin desfallecer en el intento.


¡Feliz cumpleaños cariño! Así empezó y terminó el día. Entre medias, una jornada soleada y sin una sola nube en el cielo[1]. Comenzamos el día dando una vuelta por la zona centro, en busca de los necesarios recuerdos (como, por ejemplo, el chorizo de Cantimpalos). En Madrid era día festivo, así que todo estaba hasta arriba de gente.

La Iglesia de San Martín, en la Plaza de Medina del Campo. También destaca la estatua de Juan Bravo, líder rebelde en Segovia durante la Guerra de las Comunidades. Nuestro hotel estaba justo detrás, así que conocemos bien esta instantánea.

La plaza del Azoguejo y el Acueducto asisten a la marea de homínidos, cuyas crías se lo pasan genial en el tiovivo. A la izquierda está la Oficina de Información: ahí podéis encontrar todo el atrezo relacionado con el cochinillo que os podáis imaginar.

Después de las agotadoras compras era el momento de tomar un refrigerio en la vinacoteca La bodega del Barbero, un pequeño local cerca de la Plaza de Medina del Campo. Nos encontrábamos en la terraza de la vinacoteca, disfrutando del buen tiempo y...

... de las vistas de la Alhóndiga (antiguo almacén municipal de grano que ahora hace las veces de archivo) cuando, de repente, sucedió. Y fui iluminado con una visión, una revelación definitiva...

¡Es la hora del cochinillo!
G&G: En esta ocasión no nos desplazamos muy lejos y optamos por el restaurante de la pensión donde nos quedábamos (El Hidalgo). El restaurante es grande, con varias mesas en el patio de la casa y un par de comedores normales. Evidentemente el patio estaba lleno, así que nos toco en una zona menos glamurosa. El menú: judiones de La Granja y, por supuesto, cochinillo (te había echado de menos, amigo). Postre y vino por 22.5 €/persona. Esta vez el cochinillo estaba en su punto (babas), mucho mejor que ayer (más babas)[2].
La visita al Alcázar fue la excusa perfecta para bajar la copiosa comida. La entrada cuesta 4 € (3 € si eres estudiante) y da derecho a visitar la planta baja del edificio, que ha sido remodelada en plan museo y donde se agolpan decenas de recuerdos medievales.

Tendremos que pagar 2 € adicionales si queremos acceder a la Torre de Juan II. Esto último es imprescindible, ya que disfrutaremos de 156 escalones de subida[3] y de unas vistas espectaculares de Segovia y de los valles de los ríos Clamores y Eresma.
Vistas del valle del río Eresma y de los jardines del Alcázar. Ante estas vistas uno comprende porque, desde los primeros asentamientos, este bastión ha estado poblado: es totalmente inaccesible[4] por tres de sus costados.
Vistas de la catedral, Segovia y la sierra de Guadarrama desde la Torre de Juan II. No apto para gente con miedo a las alturas o a los grupos de adolescentes histéricos haciéndose ingentes fotos digitales de grupo.

Puede que fuera porque en Madrid era fiesta, pero el Alcázar estaba a rebosar. Esto contrasta con la poca gente que había en la catedral del día anterior (y mi impresión es que hoy no sería muy distinto). Puesto que ambos monumentos tienen un precio similar y ambos tienen una torre para admirar Segovia desde el cielo, ¿por qué esta diferencia de gentío? Posiblemente por (1) esa extraña sensación “pero si a la iglesia de mi pueblo entro gratis y es mucho más bonita” que nos recorre al tener que pagar para entrar en edificio religioso, y (2) las ganas que les ponen las administraciones: mientras que el Alcázar se ve con ganas de ser rentable, mejorar, y dar los servicios necesarios; la catedral se muestra cansada y con lo puesto, empeorando aún más el punto (1).

Tras la visita al Alcázar nos dirigimos hacia la Judería y las murallas por la calle de Daoíz (con parada técnica en el Bar Socorro, 2 € caña + tapa). Los más llamativo del trayecto es...
La salida a extramuros por la Puerta de San Andrés. Aquí tenéis una vista lateral de la misma, con la torre de la (vacía) catedral al fondo.
Sentarse a ver la tarde pasar por el Paseo del Salón. Aquí tenéis una vista de la Puerta de la Luna: la del Sol se encuentra al final del paseo, todo recto a la derecha. También fantásticas las casas en las murallas, con sus ventanales y sus balcones ¡Quien pillara una!

El resto del día transcurre tranquilo, la noche llega rápido, y el despertador nos recuerda que ya es día 16 y toca regresar a Madrid[5]. En la Plaza de la Artillería tomamos la línea 11, que en 15 minutos nos deja en la estación del AVE, que en 25 minutos nos deja en Atocha. Sólo queda decir: hasta la próxima, Segovia (babas).


Día 2 (14/05/09) Segovia (CINEMA2)

[1] La mitad de nuestro equipaje para estos días era ropa de abrigo debido a que las previsiones eran de lluvia y frío. Todo correcto, vamos.

[2] Carol: “¡Qué pena el cochinillo... era tan pequeñito e inocente!”
Trimuti: “¡Qué pena el cochinillo... está tan sólo en su plato! Vamos a darle un hogar.”
Evidentemente mi postura es mucho más positiva: yo me preocupo por el futuro del cochinillo, mientras que Carol sólo hace que recordarle su ya inevitable pasado

[3] Disfrutar del cansancio del resto de visitantes a la subida y de su mareo a la bajada compensan con creces el esfuerzo realizado.

[4] Excepto, quizá, para Iker y Eneko Pou.

[5] No, no falta ninguna cena. La ingesta regular de viandas durante los 3 días del viaje logró cebarnos. ¡Prometo que no volverá a pasar!

7/10/09

SEGOVIA, DÍA 2 (14/05/09)


De cochinillo a cochinillo y engullo porque me toca.


Por la mañana el objetivo era claro y sencillo: visitar el Acueducto. De camino pasamos por el barrio de los Caballeros, centro de vivencia de la clase adinerada de antaño y que ahora reposa en el nuevo milenio como un aglomerado de edificios burocráticos. Con mucha solera, eso sí.

El Acueducto desde la Plaza del Conde Cheste, en el barrio de los Caballeros. El tamaño de los coches, sistema de referencia contemporáneo, ya nos va dando una idea de la imponente altura del Acueducto.

Esta maravilla de la ingeniería civil empezó a gestarse cuando un romano exclamó, en prefecto latín del siglo I: “yo paso de llevar más cubos de agua montaña arriba, montaña abajo”. Así pues se pusieron manos a la obra y unas cuantas décadas después tenían listo el fantástico acueducto que ha llegado hasta nuestros días. Quizá esta versión de la historia no sea la auténtica, pero al menos está en buen acuerdo con las observaciones de la época[1]:


Tras esta pequeña introducción histórica tenéis tres posibilidades: descubrir más sobre los aspectos más técnicos del Acueducto, seguir fantaseando con una leyenda sobre su construcción, o disfrutar de la siguiente sesión fotográfica.
Comenzamos nuestro recorrido “El Acueducto de fin a principio” en la Plaza de la Artillería. Y aquí estoy yo, con la loba capitalina (regalo de Roma a Segovia en el bimilenario de su Acueducto en MCMLXXVII, o, lo que es lo mismo, hora de recordar los número romanos[2]) y el Acueducto al fondo.
El Acueducto en la Plaza del Azoguejo, donde alcanza su máxima altura (29 metros). Subiendo por la calle Ruiz de Alba la construcción va perdiendo vuelo durante 130 metros, todo para conseguir un desnivel de tan sólo el 1% en su parte superior.
Otra vista del Acueducto en todo su esplendor. A la derecha hornos de leña donde comer cochinillo (m. coloquial del lat. *baba).

El Acueducto pierde su segunda arcada, la más conocida y formada por 43 arcos dobles, en la Plaza de Díaz Sanz. Aquí su altura es de unos 12 metros y es el tramo más largo[3] con 281 metros y 44 arcos. También hay un anónimo estudiante con su mochila ¡Ánimo campeón!

El final de nuestro recorrido: primer tramo del Acueducto y su inicio en la Casa del Agua, a 638 metros de las murallas de Segovia. Me llamó mucho la atención el granito de la construcción, redondeado y de apariencia frágil, pero que lleva sus milenios aguantando un chorrito de agua y las guerras ajenas.

Tras recorrer de nuevo el Acueducto, esta vez a favor de gravedad, damos un paseo por la calle comercial del segoviano[4] (Av. de Fernández Ladreda) y volvemos a encontrarnos con las murallas al final de la Bajada del Salón de Isabel II. Su largo nombre no es más que el reflejo de su longitud y desnivel: fue el colofón perfecto para justificar, ante mi tejido adiposo, la ingesta del primer cochinillo.
G&G: Si por algo destaca Segovia es por ser la capital del cochinillo, ese alimento completo que tanto nos gusta. En esta primera toma de contacto dimos un paseo por la zona centro en busca de un precio económico (una amiga de Carol había estado hacía poco y nos dio algunas pistas poco concluyentes sobre un sitio decente). Finalmente, y tras comprobar que el precio del menú está pactado en todos los restaurantes (20-25€), entramos en el Restaurante San Miguel, situado en la calle Infanta Isabel. Allí tomamos sopa castellana y cochinillo (babas) a 20€/persona. Por supuesto todo riquísimo, aunque el cochinillo un poco seco para mi gusto.
Tras la comida nos dirigimos a la Catedral de Santa María, también conocida como “La Dama de las Catedrales”. Estamos ante la catedral gótica más tardía de España (1525 – 1615) y la tercera de las catedrales que Segovia ha tenido a lo largo de su historia. La entrada cuesta 3€ y las dos cosas que más me gustaron fueron:
El Claustro gótico de la catedral antigua. Fue trasladado desde su anterior ubicación, al lado del Alcázar, tras la destrucción de la antigua edificación en la Guerra de las Comunidades. El recinto está bien conservado y es una gozada dar un paseo al aire libre por su jardín, admirar su pozo o sentarse a escuchar el canto de los pájaros[5].
La torre de la catedral mide 88 metros. Está en el frontal del ala sur, al lado de la (supuesta) entrada principal de la catedral. Esta entrada da a una plaza que, por desgracia, está desolada y vallada en todo su perímetro, dando sensación de abandono y de monumento menor.
Al día siguiente me llamaría la atención el poco número de visitantes de la catedral si los comparamos con los del Alcázar. Quizá eso explique en parte la dejadez en la conservación de la primera. Pero, como digo, eso será mañana[6].

Para terminar la tarde, y antes de ir a cenar (el cochinillo de la mañana ya había dejado de moverse), nada mejor que una buena pinta de Guinness en la taberna Canavan’s, el único vestigio celta que logramos encontrar en Segovia.

Vista de la Catedral y la Plaza Mayor. A nuestra espalda, en la Plaza de la Rubia, nos espera una reparadora Guinness en la taberna Canavan’s.

G&G: Cuando llegó la hora de cenar volvimos a nuestra calle preferida (si, lo habéis adivinado, es la Infanta Isabel[7]). Esta vez estábamos listos para algo más de nivel que el día anterior, así que entramos en el restaurante As de Picas, donde tomamos “tapas de autor” a base de ½ raciones: croquetas, revuelto de morcilla y pasas, ensalada de gulas y jamón, y paté con salsa de fresa y oporto. Todo, con su respectiva bebida y un buen servicio, por 23€. Sin duda un lugar a tener en cuenta.

La cena había sido abundante y, para terminar el día, dimos una vuelta por la nocturna Segovia en busca de nuevos matices, de nuevos colores de piedra y neón, de... del negro sobre fondo negro, ya que la mayoría de los monumentos están sin iluminación y lo más que uno puede hacer es mirar por donde pisa. Moraleja: en las piedras por el día, “on the rocks” por la noche.


Día 1 (13/05/09)Segovia (CINEMA2)Día 3 (15/05/09)

[1] Visto en Plataforma Arquitectura, una interesante web sobre construcciones de hoy en día, tan raras y sorprendentes como las de antaño. Para los que se están haciendo la pregunta: sí, la ilustración está sacada de “La Hoz de Oro”.

[2] ¿De verdad esperabais ver aquí los número romanos? No hombre, no voy a ponerlo todo tan fácil.

[3] Cada cambio de dirección del Acueducto da lugar a un nuevo tramo: en la imagen estamos contemplando el quiebro entre el tercero y el cuarto.

[4] Aquí los locales compran pan, zapatos, ropa, pescado,... esas cosas prohibidas en las zonas turísticas del centro de la ciudad.

[5] Sin duda esta sensación que nos embarga en los claustros es debida al recuerdo genético de una época mejor como monjes. Había que rezar, sí, pero la cerveza de abadía, los cochinillos y la pachorra diaria pesan bastante en cualquier lista de “pros”.

[6] Dejemos los saltos temporales y las paradojas de continuidad para nuestro amigo Faraday.

[7] Después de tanto pasear por la calle de alguien uno acaba preguntándose... ¿y quién fue éste? Por lo que a mi respecta la Infanta Isabel de esta calle es aquella conocida como “La Chata”, hija de Isabel II y gran aficionada a viajar (ya fuera por placer o por exilio).