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12/10/09

DUBLÍN, DÍA 3 (04/03/2007)

Guiness Taste: I need one more...


Y llueve. Mucho. Dublín nos dió un día de tregua, pero la lluvia en el frío norte de Europa es complicada de evitar en marzo. Aún así, y deseosos de conocer más la capital de Irlanda[1], salimos a la calle pertrechados con nuestro paraguas[2] y nos dirigimos hacia St Stephen’s Green, un parque en medio de la ciudad. En el camino, además de calarnos hasta los huesos, pudimos ver...

Trinity College, sede de la Universidad de Dublín. La lluvia y el domingo explican lo apagado del ambiente universitario. Para compensar, llenamos su entrada con nuestro desbordante glamour.

La generosa escultura de Molly Malone.

La cantidad de tiendas que se agolpan en Grafton Street, calle peatonal y de compras[3] por excelencia del centro de Dublín. Lástima del clima, seguro que esta calle está siempre llena de vida y consumidores.
¡Gracias por el aviso!
Cuando llegamos finalmente a St. Stephen’s Green nos refugiamos en el famoso centro comercial anexo al parque: necesitabamos secarnos, tomar algo caliente y esperar a que escampara. Así lo hicimos y, un par de horas después, salimos de nuevo a la intemperie con fuerzas renovadas. La lluvia era ligera, así que realizamos una pasada por St. Stephen’s Green, su arco (abajo), su lago (más abajo) y sus patos (aún más abajo).



Nuestro experto opina que el pato, al no poder entrar en los pubs de la zona, se dedica a darse cabezazos contra el agua.

Nuestra siguiente objetivo era Merrion Street, donde se agolpan los museos más importantes de Dublín. En el camino descubrimos la tercerca manía de los dublineses: pintan las puertas de las casa de diferentes colores. Este hecho, a primera vista desconcertante, esconde una maravillosa razón de ser: es sábado por la noche y los tajados dublineses se disponen a volver a casa. El cuerpo, en piloto automático, es capaz de llevarles hasta su calle sin el más mínimo problema pero... ¿cuál es mi casa? ¡Fácil! Sólo tienes que recordar el color de tu puerta, algo mucho más sencillo que un número ya que la memoria humana es visual. Además, una difuminada puerta de color definido es mucho más fácil de identificar que un condenado y minúsculo número (sobre todo en el estado de embriaguez de nuestros amigos dublineses).

“Vivo en el amarillo de Merrion Street ¡dame otra pinta!”

Una vez en Merrion Street tuvimos tiempo de entrar en dos museos: el Natural History Museum y la National Gallery of Ireland (gratuito). El primero está ahora mismo cerrado por obras y en él se agopan miles de animales (destacar sobre todo la sección de insectos y de animales marinos). El segundo, está dedicado a grandes maestros de la pintura, desde el siglo XIV hasta nuestros días. Al ser un museo de tamaño moderado, puede verse totalmente sin acabar corriendo. 

Entrada de la National Gallery of Ireland. Mención especial del jurado al florido árbol que aguanta como un campeón el benigno clima de Dublín.


El regreso al hotel, por la rivera del río Liffey, da por concluido el contenido cultural del viaje y nos permite responder a la pregunta ¿fue provechoso el Dublin Pass? En nuestro caso, por desgracia, no ahorramos nada (eso sí, tampoco perdimos) por culpa de los horarios: los museos y muchas atracciones cierran pronto todos los días y abren tarde los domingos. Mi consejo: si visitas Dublín entre semana echadle un vistazo al Dublín Pass, si lo haces durante el fin de semana no te lo plantees.

Atardecer en Dublín a la orilla del río Liffey. La silueta de la Custom House, de la Spire of Dublin y de un edificio de oficinas (suspiro) recortan el horizonte.

Al caer el Sol los destinos de los integrandes del grupo se separaron: Valeria y David prefirieron tener un rato de relajación en el cine de la calle O’Connell, mientras que yo, hambriento a la par que sediento, enfilé hacia Temple Bar. Disfruté de una pinta en el propio Temple Bar, el cual estaba repleto de españoles viendo un partido de la Liga[4].

Temple Bar, ese típico pub irlandes relleno de españoles en salsa de Guinnes.

Para cenar me desplacé a otro típico pub irlandes: The Porterhouse. Este pub, además de tener cuatro pisos y un ambiente increible, produce sus propias cervezas: no esperéis encontrar Guinness en sus grifos. A cambio, la cerveza negra que nos ofrecen es Plain Porter. Los platos, por desgracia, son un poco más caros que en otros sitios, unos 12 €. Beer-consejo: para resolver cualquier duda sobre un local en Dublín, nada mejor que visitar este enlace.
La película estaba a punto de terminar, así que dejé mi sitio junto a la barra y me dirigí al punto de encuentro[5]. Y fue aquí cuando descubrí que los dublineses tienen una cuarta manía, aunque aún no tengo claro si es que...

a) Les encanta dormirla de pie en la calle.
b) Tienen predilección por beber por los pies cuando cae el Sol.
Las últimas pintas en Dublín nos las tomamos en O’Neills, justo en frente del hotel. Beer-consejo: pedid dos o más pintas por persona antes de las 23:00 (D) / 23:30 (L-J) / 00:30 (V y S). Los locales cierran media hora/una hora más tarde, pero las barras a esas horas dejan de servir cerveza.

¡Quiero una Guinness más!
¡Ya sé! ¡Robémosle la suya a Kelly!

Al día siguiente, madrugón mediante, regresamos a Tenerife sin contratiempos y con la lección bien aprendida:

Sláinte!!!


Día 2 (03/03/07)DUBLÍN

[1] Traducción: haciendo tiempo hasta que los pubs abrieran y así evitar que lo nuestro se considere un problema.

[2] Mucha otra gente tuvo la misma idea pero no tan buena suerte: a lo largo del día vimos más de una decena de destrozados paraguas esparcidos por las calles de Dublín.

[3] En esta ocasión reconoceréis la mayoría de las tiendas, no como en la exclusiva Henry Street. Y sí, hay un Starbucks.

[4] Esto confirma, más allá de cualquier duda, que somos una plaga. Pero eh, de las buenas.

[5] Seguro que vosotros, mis fieles lectores, ya sabéis que me estoy refiriendo al Spire of Dublin.

11/10/09

DUBLÍN, DÍA 2 (03/03/2007)

Guiness Taste: So Nice.


Empieza el día en Dublín. Y nos ponemos en marcha, como no puede ser de otra forma, desde el Spire of Dublin (la Aguja de Dublín), en la calle O’Connell: un pilar de 3 metros de base, 120 de altura y 15 cm de diámetro en su parte superior. Puede que sea la escultura más grande del mundo, pero yo no alardearía mucho de diseño, la verdad.

El sitio de reunión preferido de los dublineses[1], frente a la General Post Office.

Paseando O’Connell arriba, O’Connell abajo, disfrutamos de los madrugadores irlandeses, todos ataviados con sus mejores ropas de entretiempo invernal, de la segunda manía de los dublineses[2], y de monumentos como...

“¡La fantástica Abbey Presbyterian Church, con sus 150 años de historia!”
“¡Y no sólo eso compañero! Además al lado está el Dublin Writer’s Museum...¡qué más se puede pedir a la vida!”

“¡Increible pero cierto! ¡Es la estatua de Charles Stewart Parnell, ese revoltoso y agitador fundador del IPP (Irish Parliamentary Party o partido nacionalista irlandes)!”

“La verdad es que sí que es increible querido amigo...”

“... ¡pero aún más extraordinaria es la estatua de Daniel O’Connell, quien defendió a los católicos irlandeses en los estamentos parlamentarios[3]!”

“Ese porte macizo y el dar el nombre a esta calle me dejan con el culo partido, añorado compadre ¡insuperable!”
¡Guau! Sin duda la calle O’Connell está llena de emociones fuertes. Pero nosotros queríamos más, así que nos dirigimos al este por Henry Street y su prolongación, Mary Street. En estas calles se aglutinan los comercios más exclusivos de la zona centro, al menos hasta que llegamos a la intersección con Capel Street: el paisaje cambia totalmente y entramos en el barrio obrero, el cual no dejaríamos hasta bien entrada la tarde.

Se respira un estilo refinado a las puertas de Arnotts, una de las tiendas clásicas de Dublín. Sin duda alguna me siento mucho más cómodo con una pinta en la mano que con una copa de champagne ¿por qué no nos acercamos a la destilería de whiskey?


Por desgracia la antigua destilería de Jameson estaba cerrada por reformas, así que tan sólo pudimos subir a la Chimney Viewing Tower (5 € adultos, 3.5 € estudiantes, gratis con el Dublin Pass). Esta antigua chimenea de la destilería tiene 60 metros de altura y permite una panorámica completa de Dublín: es la ventaja de ser una ciudad totalmente plana[4].

Tras disfrutar de las vistas y de enterarnos de la locura que se desata en la capital cuando se juega un partido del 6 Naciones (¿qué mejor excusa que el rugby para liarla parda?), aprovechamos para comer en uno de los restaurante de la zona.

Después de la ingesta de proteinas dimos una vuelta por el Phoenix Park, el parque urbano más grande de Europa (712 hectáreas[5]) y donde no faltan los humedales (arriba) y los símbolos fálicos (abajo). Yo, por si acaso, toco madera mientras juego con mi melocotonero[6].


Y llegó el momento de la verdad. Ayer tuvimos nuestro primer gran encuentro con Guinness, esa cerveza tostada de sabor amargo que, extrañamente, empezabamos a echar de menos. Esa sensación, ahora tan común, de “me apetece una Guinness”, nos guió irremediablemente al Guinness Storehouse, el centro neurálgico de esta cerveza.



Start == la entrada cuesta 15 € y está incluida en el Dublin Pass. Además nos libramos de hacer parte de la cola, la cual no era poca[7] == el recinto tiene siete pisos: hasta el quinto se nos cuenta cómo es la producción la cerveza Guinness, nos recuerdan la historia de la cervecera desde su fundación por Arthur Guinness[8] en 1759, nos hablan sobre el Libro Guinness de los Records (ideado en 1951 por Hugh Beaver, director de la cervecera en aquel entonces) o se hace un repaso de los anuncios emblemáticos de la firma == en el sexto piso hay un bar. Podéis pasar de largo tranquilamente por este piso == y, finalmente, llegamos al Gravity Bar del séptimo piso. Aquí debemos armarnos de paciencia para pedir nuestra ansiada y gratuita Guinness y no abandonarla hasta que encontremos sitio: todo el mundo acaba aquí, así que siempre está hasta arriba de visitantes en busca del oro negro. Las panorámicas vistas, a 45 metros de altura, hacen de esta pinta algo especial, sobre todo en un día soleado como el nuestro == Game Over == Insert Pint



Ahora nos encontrábamos ante un gran problema: ¡necesitabamos más! Así pues, nos dirigimos con paso firme a la zona de Temple Bar. Pero antes de volver a refrescar nuestro gaznate con otra Guinness, visitamos dos de los emblemas religiosos de Dublín.


Christ Church Cathedral (también conocida como la Catedral del Espíritu Santo; adultos 6 €, estudiantes 3 €, gratis con el Dublin Pass). Fundada en el 1030, en su interior podemos encontrar vestigios celtas, una cripta, el coro de turno y cantidad de estatuas dedicadas a personalidades de la ciudad (para mí signo evidente de peloteo a aquellos que han aportado un dinerillo para el mantenimiento del edificio y del nivel de vida episcopal).


St. Patricks Cathedral (5.5 € adultos, 4.5 € estudiantes, gratis con el Dublin Pass), por desgracia en obras y ya cerrada cuando llegamos a sus puertas. Esta catedral data de 1191 y está consagrada a San Patricio. Se considera que este misionero, cuyo nombre de nacimiento era Maewyn, introdujo el cristianismo en Irlanda en el siglo V [ejemplo de dato a olvidar]. Además, todos los 17 de marzo se celebra el Día de San Patricio: desfiles, cerveza, exaltación y cánticos [ejemplo de dato imprescisdible]. También se le debe a San Patricio el símbolo oficioso de Irlanda: el trébol de tres hojas (shamrock) [ejemplo de dato para obtener quesitos del trivial].

Foto dedicada a todos aquellos dublineses que alguna vez se preguntaron ¿dónde está la parada de autobuses más cercana a St. Patricks?
Y, ahora sí, llegamos a Temple Bar, la zona clásica entre las clásicas para salir por Dublín. ¡Menos mal, porque los ánimos estaban ya caldeados!

¡Quiero una Guinness!

Cenamos en The Mezz, un local con música en directo, menú típico irlandés y Guinness bien fría. El precio, como siempre, de unos 10 € bebida aparte. Tras alguna consumición más aprendimos cosas tan valiosas como a tirar la pinta perfecta o que “¡Salud!” en gaélico se dice “Sláinte![9]. Más pronto que tarde volvimos al hotel, ya que la jornada había sido intensa y estabamos muy cansados. Veremos si mañana el día sale tan despejado como hoy...


Día 1 (02/03/07)DUBLÍNDía 3 (04/03/07)

[1] Para los de la capital de España: El Oso y el Madroño de la capital irlandesa.

[2] Los dublineses pasan del color rojo: sólo así se explica que los peatones siempre se salten los semáforos, haciendo caso omiso del quieto muñeco rojo, y que el verde sea el color de Irlanda.

[3] Como si una turba de católicos irlandeses, pinta en mano y varias en sangre, no supieran defenderse solos.

[4] Aunque la vista es un sentido a tener en cuenta, la falta de desniveles en Dublín fue mucho más celebrada por nuestros pies al final del día, tras 11 km de caminata.

[5] También 924 Bernabeus, 982 Riazores o 1017 San Mameses. Bastante grande, vamos.

[6] Fans de los Simpson, tenéis 10 segundos para decirme el capítulo y el personaje al que he homenajeado. Y no os perdáis otros homenajes, sin duda mucho más inspirados que el mio.

[7] Estamos ante la atracción más visitada de Dublín por delante de museos o catedrales. Esto, más que un dato a favor del Guinness Storehause, lo es de nuestra desmedida pasión por la cerveza.

[8] Aquí tenéis la primera biografía oficial de Arthur, escrita por ¡Patrick Guinness! ¿homenaje sentido a su admirado y famoso antepasado o intento de explotar un poquito más el apellido de su famoso antepasado?

[9] Yo no sé mucho de filología gaélica y seguro que se escribe así, pero la palabra en cuestión suena a SLONYA. Supongo que este dato os será más útil que la grafía correcta.

6/4/07

DUBLÍN, DÍA 1 (02/03/2007)


Guinness taste: So bitter.


Llueve en Dublín. Es lo más normal, pero aún así uno siente que no es justo, que por estar de visita se merece el Sol mucho más que los dublineses. Valeria, David y yo nos apiñamos en el exterior del aeropuerto junto a otras 30 personas en busca de una zona seca y confortable que no existe... ¡un simple entrenamiento de lo que nos esperaba!
Para realizar el trayecto Dublín-aeropuerto tenemos dos opciones: autobús (6-7 €) o taxi (20-25 € hasta/desde el centro de la ciudad). Nosotros contábamos con el Dublin Pass, un bono prepago de muchos de los monumentos y atracciones de Dublín, y que, además, incluye un viaje aeropuerto-ciudad. La pregunta evidente es... ¿Este bono es rentable? La respuesta, queridos amigo, al final del viaje.
El autobús de lujo[1] nos deja en media hora en el centro de Dublín, en la calle O’Connell, la más importante de la ciudad. Rápidamente buscamos el hotel, situado muy cerca del centro, en Gardiner Street[2]. Esta calle contiene el 98% de todos los hostales y albergues de Dublín, así que es el mejor sitio para empezar a buscar alojamiento si no tenéis nada reservado.

Nosotros nos hospedamos en el Avondale B+B. Antiguo, pequeño, con televisión y con los baños compartidos (al menos teníamos ducha individual). Nuestra habitación triple estaba en el sótano y presentaba claros indicios de ser usada como trastero hasta nuestra llegada: por lo visto los irlandeses le dan una gran importancia a tener buenas vistas y claro, desde la nuestra solo veíamos varias cajas y el subsuelo[3].

Este primer día lo dedicamos a dar una vuelta por la ciudad para conocer el entorno dublinés y, sobre todo, los típicos bares irlandeses. Esto podría tomarse como un síntoma claro de alcoholismo, pero nos vimos arrastrados a hacerlo por la primera manía dublinesa: todos los monumentos y museos cierran a las 17:00, dejándote sin nada turístico que hacer a mitad de la tarde.

Los bares irlandeses tienen siempre la misma “pinta”: en todos hay televisiones enormes donde se ve rugby o fútbol galéico[4], la mayoría tienen más de un piso y siempre con innumerables habitaciones, casi todos los días hay actuaciones de música celta en directo, en casi todos puedes pedir comida (9-11 €, dependiendo del sitio) y, por supuesto, todo el mundo tiene siempre una pinta en la mano.


Y hablando de pintas: las cervezas más típicas son la Guinness (negra, amarga y la más clásica entre las clásicas, todo un icono de Dublín), la Harp y la Murphy’s (claras, un poco tostadas, bastante suaves) y la Bulmes (no os dejéis engañar... ¡Realmente es sidra! Avisados estáis). Dato importante: el precio de la pinta oscila ente 4 y 5 euros.

Durante la tarde-noche visitamos cuatro bares y fuimos haciendo nuestro cuerpo a la Guinness. Reconozco que nunca me ha gustado la cerveza negra pero... ¡Estábamos en Dublín! Así que no quedaba más remedio que aprovechar y tomar tooooodas las Guinness posibles aunque el paladar diera muestras de no estar de acuerdo.


Y por supuesto la primera pinta está demasiado amarga. Yo no desistí y continúe tomando Guinness. Valeria decidió pasarse a las cervezas claras el resto de la noche y David fue el mártir que probó la Bulmes, volviendo después junto a mí al “lado oscuro” de la Guinness. Y los dos sabíamos que era cuestión de tiempo que Valeria se nos uniera...
La noche transcurría entre pinta y pinta, canción y canción. Y nos dimos cuenta de que, en todos los bares, había una melodía que era especial. Cuando sonaban los primeros acordes todo el mundo se giraba hacia los músicos del local, todos elevaban su pinta, todos cantaban a la vez, emocionados, ese himno dublinés que es "Molly Malone". Molly era una joven que se paseaba por el Dublín del siglo XVII vendiendo mejillones y que murió en plena calle sin que nadie pudiera ayudarla. Su historia pasó a ser leyenda y en 1880 James Yorkston compuso la canción que cuenta su historia, la canción que todo dublinés conoce.


Tras este primer contacto con la ciudad, sus gentes y sus costumbres regresamos al hotel, ya que al día siguiente tocaba hacer turismo y esperábamos un día tan gris y nublado como el que ahora dejábamos de lado.


DUBLÍNDía 2 (03/03/07)

[1] Asientos de cuero amplios, música ambiente agradable, soporte vital garantizado y una temperatura acorde con las necesidades del humano medio. Se nota que esta gente odia el mundo exterior.

[2] ¿Cómo llegas desde O’Donell? Simple. Te situas en la aguja mirando en diracción al rio, tomas la calle de tu izquierda y la segunda calle que cruces es Gardiner Street. No hay forma de perderse, ya que verás el hostel/taberna O’Neills es una esquina.

[3] Había otra habitación en el sótano y estaba ocupada por chavales jóvenes y fiesteros con poca pinta de irlandeses. Si es que en el continente nos dan igual las vistas mientras podamos hacer botellón.

[4] Fútbol galéico: fusión violenta de fútbol (por el balón y el campo), rugby (por las porterías y el marcador), balonmano (por la necesidad de botar la pelota cada cuatro pasos) y la lucha callejera tailandesa (por que no existen faltas ni infracciones).

11/3/07

DUBLÍN


En contadas ocasiones un cúmulo de casualidades hacen que acabes viajando a Dublín.

El cúmulo que me llevó a mi comienza varios meses atrás, cuando Ryanair llega a Tenerife. El único destino que ofrece es Dublín y un compañero de mi trabajo decide comprar dos billetes. Sin embargo, las circustancias hacen que no pueda disfrutar del viaje e intentamos cambiar los nombres de los pasajeros para que pueda utilizarlos yo. Esta buena idea sobre el papel fue inviable, ya que pedian 100 € por cada cambio de nombre, y ese era el precio de un billete "nuevo". Aún así, y puesto que ya tenía la idea de viajar, Valeria, David y yo compramos billetes para las mismas fechas y pasamos un inolvidable fin de semana en Dublín... ¡Qué sigan corriendo las pintas de Guinness!